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«Me paraba en la calle y le pedía a la gente que me comprara algo para comer o un refrigerio» ¿Qué actual jugador del Barcelona lo dijo?

En el mundo del fútbol siempre hemos visto historias de superación inspiradoras, no todos los jugadores han tenido una vida color de rosas antes de llegar al fútbol profesional.

Este es el caso de Rapinha, quien en un artículo escrito por él mismo en ‘UOL Esporte’, relata cómo ha sido su vida desde que era niño.

«Necesito contarte una verdad: es muy complicado. Para alguien nacido en barrio como yo, es difícil mantenerse centrado…»: así inició su historia.

«Soy de Restinga (barrio de la Zona Sur de Porto Alegre). Es difícil seguir tu camino y no descarriarte. Aparecen oportunidades, y hay muchas. Prometen una forma más fácil de ganar dinero. Y ahí es donde la gente se pierde. Nunca me salí del camino, pero fui testigo, caminé junto a la gente que se estaba perdiendo«, continuó diciendo.

«Perdí muchos amigos en el mundo del crimen, en el narcotráfico… Amigos que jugaba diez veces mejor que yo y que podrían haber estado en un gran club de fútbol del mundo», recordó.

También habló de la importancia que tuvo su familia para él; «Fue gracias a mi familia que nunca abandoné la escuela e ignoré las oportunidades que tuve de tomar el camino equivocado. Por ellos estoy aquí»

 «Tener estos ejemplos cerca fue un factor importante para mantener mi enfoque. Sabía lo que quería desde muy joven: ser futbolista. Lograr este objetivo dejando un barrio es un gran sacrificio. Pero mi ambición era aún mayor. No me desvié. Si hoy hablan de mi ‘magia’ en el fútbol, digo… esta es la verdadera magia», añadió.

Por último, contó que le tocó pedir varias veces en la calle. «Sería injusto decir que he pasado hambre en mi vida porque a mis padres nunca les faltó comida en casa. Aún así, después del entrenamiento, me paraba en la calle y le pedía a la gente que me comprara algo para comer o un refrigerio. Algunas personas me ayudaban, otras me llamaban vagabundo sin rodeos. Y no había nada que hacer, era esperar a que llegara el autobús a casa para poder comer algo. Yo tenía entre 12 y 14 años en ese momento».

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